sábado, 17 de octubre de 2009

La leyenda de Darecol


En aquel reino donde seres mitológicos y humanos convivían en armonía, rodeados de mucho color, de grandes bosques que hacían de hogar a miles de animales, donde la fruta crecía abundantemente en los árboles dándole alimento a personas y toda clase de criaturas, Horsgod era la aldea más habitada de los alrededores. Estaba asentada entre un río, la ladera de una montaña y un bosque encantado que según contaba la leyenda era morada de un ser oscuro, mitad serpiente, mitad dragón, que se alimentaba de jóvenes despistadas.
Un día, una joven aldeana estaba buscando una fruta muy especial que solo crece en la parte profunda del bosque. Quería hacerle su jugo preferido a su madre porque era su cumpleaños y, quería darle la sorpresa de que pudiera beber ese líquido que no probaba desde hacía una década por lo dificultosa que era la fruta de encontrar.
La joven nunca se había adentrado mucho en el bosque porque su madre le decía que podía ser peligroso, pero hoy había decidido llegar más allá para darle el mejor jugo a esa madre que tanto amaba. Por el camino recogía fruta de todos los sabores y colores dejando un hueco en su cesta para cuando encontrara aquella que solo había visto una vez de pequeña y que recordaba más por la descripción que le había hecho tantas veces su madre que por su propia memoria.
La joven pasó horas caminando, alimentándose de lo que le ofrecía la naturaleza y se fue haciendo de noche. Pensó pasarla en el hueco de algún árbol abrigada con ramas y hojas secas y empezó a buscar un hueco lo bastante grande. Entonces vió una cueva que se abría en la roca de la ladera y se acercó a ver si sería un buen sitio para pasar la noche.
Cual fue su sorpresa al ver que la cueva parecía estar habitada. Había una gran mesa de madera de roble donde pasteles y zumos embriagaban el aire con sus aromas. Llamó y llamó pero no apareció nadie y pensó que si probaba algo de esa comida no le importaría al dueño. Cuando hubo probado un poco de cada se encontró muy cansada y busco un rincón donde descansar. Una puerta que no había visto en un principio le llevó a una pequeña habitación donde una cama la esperaba. Cayó rendida sobre sus sabanas y no se dió cuenta ni de cuendo se quedaba dormida.
Inmediatamente después Darecol, el ser oscuro mitad serpiente, mitad dragón se frotaba las pezuñas. Otra joven incauta había caído presa de su engaño. Se acercó a devorarla mientras durara el efecto somnoliento de la comida que había preparado para ella. La empezó a oler por los pies, subió por sus piernas, cadera, el olor a carne joven le excitaba, continuó por el torso y cuando llegó a su pelo algo lo paró en seco. Volvió a oler su pelo, pero esta vez no podía apartar su vista de su rostro. Mientras, sus pezuñas quisieron tocar esa piel que asomaba por las mangas y a medida que se acercaban a rozar sus ropas se fueron transformando en manos. Ella, al contacto de unas manos frías abrió los ojos y encontró frente a su cara al hombre más apuesto que había imaginado nunca, oliendo su pelo, mirándola a los ojos, y su cuerpo sintió un escalofrío. El hombre se acercó lentamente, un poco más, un poco más, un poco más. Sus labios se fundieron en un beso que duro dos segundos que parecieron eternos y ella lo abrazó. No sabía que pasaba por su cabeza pero se sintió tan a gusto que no se acordó ni porque había venido al bosque.
Años después seguían viviendo en la cueva, pero tenían alguien más con ellos.
Una niña. Una niña que creció sin saber que su padre era un dios de las sombras, sin saber que su madre alguna vez había pertenecido a una aldea del otro lado del bosque. Sin saber que su padre seguía alimentándose de jóvenes incautas en otra cueva escondida de sus dos hembras, madre e hija, que vivían una vida que no era suya.
Esved, como se llamaba la niña, cumpliría 15 años el día siguiente y preparaba la casa con amor para que todo fuese perfecto. Mientras, su madre estaba recogiendo flores para adornar la casa y siguió la ladera más allá de donde iba normalmente y vio algo que la aterrorizó. Era Darecol, el de la leyenda, devorando una joven delante de una cueva. Cuando el dios oscuro, con la sangre corriendo por su boca, se percató de la presencia de su mujer fue a buscarla loco de éxtasis por el sabor de la vida entrando en su cuerpo y se transformó en hombre mientras se acercaba. No tengas miedo le decía, soy yo. Pero ella sintió el miedo en sus carnes y corrió presa del pánico hacia su cueva, su casa, su hogar, su niña. Llegó dando gritos y le chilló a su hija -¡Corre, escapa de tu padre!-. Su hija no comprendía, solo escuchaba tu padre, tu padre. Le dijo: -¡¡al otro lado del bosque hay una aldea, en ella vive tu abuela, en una casa amarilla, azul y roja. Rápido, escapa, ponte a salvo!!-. Entonces Darecol saltó sobre su madre y su cuerpo se tornó escamoso, a su boca le salieron largos colmillos, sus manos volvieronse pezuñas, le salió cola... Con los ojos como telarañas de rojos meandros empezó a devorar a su mujer ebrio de su voraz sed de sangre. La niña no comprendía pero salió corriendo en dirección al bosque. Había visto a su padre avalanzarse sobre su madre y quitarle la vida convertido en un ser montruoso. No lo reconocía. Darecol, lamiendo la sangre de su presa veía como se alejaba su hija, hacia el bosque, con la cara descompuesta. Supo que nunca le perdonaría y una lágrima cayó por su mejilla escamada en azules.
Esved corrió durante horas, casi le parecían días, mientras las lágrimas bajaban presurosas hacia su barbilla. Tropezó con una rama y perdió el conocimiento. Al despertar sintió un fuerte dolor de cabeza. Miró hacia los lados y no sabía donde estaba. Se encontraba recostada en una cama en una habitación que no conocía. Se levantó, caminó hacia la ventana y al abrirla se sobresaltó al ver el ajetreo de gente al otro lado. Carros tirados por bueyes transportando grandes cargas de heno, personas vendiendo pasteles por la calle, mujeres con una bandeja de huevos en la cabeza, gallos, perros, ocas. El bullicio hizo que tuviera que buscar asiento y alguien la sujetó por detrás. Una anciana de cara amable y ojos de media luna que te invadían de candidez, que por alguna razón le resultaba familiar, le sonreía mientras la ayudaba a sentarse. La anciana le dijo que ella era Lula y le preguntó como se llamaba. -Esved- respondió. Eres igual a tu madre, mi hija. Un leñador te encontró ayer en el bosque y te trajo aquí porque pensó que eras ella, que volviste del otro mundo, del mundo de los muertos. Esved quedó petrificada, ya estaba en casa de su abuela, de la que no conocía la historia, ni siquiera sabía que era toda esa vida que bullía en el exterior. La abuela parecía saber que ella no era su madre vuelta de entre los muertos, la reconoció al instante y empezaron a contarse sus historias con calma, sin prisas. Hablaron tres días y tres noches sin descanso. No comieron, no durmieron, no se acordaron del mundo que alborotaba desde fuera. Cuando se vieron medianamente saciadas abrieron la puerta donde esperaba todo el mundo expectante y explicaron a grandes rasgos la historia, el gentío estalló en vítores y la recibieron con los brazos abiertos.
Esved ha cumplido su 23 cumpleaños, se siente triste, porque a pesar de haber conocido hombres que la hacían sentir bien, que la colmaban de todo lo que pedía, no conoce el amor.
Un día va caminando por el mercado y un chico le llama la atención. Está haciendo malabarismos, pero no es eso lo que la llama, es su mirada, tan auténtica, tan sincera, tan en paz. El malabarista pierde un segundo la concentración, mira los ojos de Esved y se le caen las pelotas mientras la gente se ríe. Uncu, se presenta él mientras le da la mano. Esved sonríe. Se agachan a recoger las pelotas y chocan sus cabezas mientras rien nerviosos por lo absurdo del golpe. Al volver a mirarse a los ojos quedan en silencio unos segundos, algo se mueve en sus estómagos. Intentan entablar conversación pero el ajetreo de la calle no invita a ello, así que se marchan a tomar hidromiel a una taberna cercana, donde hablar tranquilamente.
La taberna es un árbol de 50 metros de diámetro. Construidas en maderas y lianas tiene terrazas a diferentes alturas, unidas por puentes colgantes, dándole un aspecto de espiral al gigantesco árbol. En cada una de ellas hay una jaula donde cantan aves mágicas que silban una melodía diferente en cada jaula que ambientan las diferentes terrazas.
Los ojos de Uncu hacen que Esved se sienta en confianza y sin saberlo porque le cuenta interioridades que normalmente no le cuenta a la gente. Le cuenta su historia, la cueva, la huida, el reencuentro con su abuela, como se sintió, como tuvo que hacer frente a su nuevo presente. Uncu escucha atento cada palabra, interpretando cada gesto, perdiéndose en el interior de esos ojos café que le invitan a mirar. Le cuenta que se dedica a cantar, recitar y entretener con cuentos y juegos a los viandantes, estando una semana en cada aldea, para seguir viajando mientras su espíritu le pide conocer todo el mundo. Apenas le quedan cinco días en Horsgod y sin saber porqué siente por primera vez que no querría marcharse tan apresuradamente. El ambiente es perfecto, la compañía también, el momento merece repetirse. Se despiden deseando ambos volver a verse pero no quedan para otro día, el destino proveerá el momento.
Dos días después Uncu está comprando papeles de colores para su espectáculo de magia en un puesto del mercado. Justo en el puesto de enfrente, Esved estudia el color y la textura de la fruta para elegir la más madura y sabrosa. Ambos se giran a la vez y se sorprenden de la casualidad. Ríen, se saludan e inician un paseo por el mercado en dirección a la Casa de Culto donde los sacerdotes preparan el ritual floral de primavera.
Todos los años por estas fechas se recogen las más coloridas y aromáticas flores. Los sacerdotes preparan un manto de flores recreando la escena de “la Diosa Celeste y Darecol” en la nave principal de la Casa de Culto. Cuenta una profecía de la aldea que la Diosa Celeste se enfrentará a Darecol y lo hará hundirse en las profundidades de la tierra, salvando a muchas jóvenes de ser devoradas en adelante. Desde hace siglos se recrea ese encuentro con la esperanza de que algún día aparezca Celeste y hunda al ser oscuro en las entrañas de la roca.
Al llegar a la nave ambos jóvenes disfrutan del espectáculo de cánticos, aromas a inciensos y del espectacular colorido de la escena elegida para este año. La escena que ha elegido Guromar, el sacerdote jefe, para este año dibuja a Celeste a lomos de un Unicornio mientras un rayo de luz azul ilumina a Darecol entre su mundo de sombras. Esved y Uncu sienten como un escalofrío recorre sus espaldas al escuchar a Guromar decir en el altar que siente muy cerca ese día, que ha tenido una revelación en sueños.
Terminados los discursos se dirigen al portalón principal mientras notan la mirada de Guromar en la espalda, siguiendo sus pasos, ajeno a todas las voces que le cosen a preguntas sobre su sueño.
Esved propone a Uncu enseñarle su lugar secreto para seguir conversando con calma en un sitio que le suele inspirar emociones fuertes. Salen de la civilización y se alejan en dirección a una colina de verdes arboles. Por el camino siguen conversando sobre la vida, el misterio de las personas, las fuerzas de la naturaleza.
Al llegar a la cima Uncu ve un claro de una verde alfombra pintado por flores de mil colores, donde los arboles han crecido en círculo alrededor de ese increíble paisaje.
-Ya hemos llegado-. Dice Esved mientras se tumba boca arriba y cruza los brazos detrás del cuello, acomodando la cabeza en dirección al azul.
Uncu le canta una canción inspirado por el lugar y la compañía que dice así:
Azul,
Nubes en el cielo,
Que profundo y sin domar
Ya acaricio la verdad.
Y tú,
No lo pienses más,
O me besas de una vez,
O nunca más podrás.

Entonces se tumba muy cerca suya, la mira a los ojos, ella está hipnotizada por su mirada, sus bocas se entreabren, sus labios dibujan un beso, la brisa trae aromas primaverales, un pájaro canta en la copa de un árbol y se funden en un beso que bien podría haber durado una vida. Sus cabezas dan vueltas, sienten como si se elevaran de sus cuerpos, ya no hay brisa, ni canto, solo la respiración del otro en su boca.
La cara de ella cambia después de ese beso, como si una tensión se hubiera liberado, como si el cuerpo entero se hubiera relajado. Los ojos de Uncu brillan de una manera especial.
-Guau- dice Esved abriendo bien los ojos y fijándolos en las pupilas de él.–Nunca había experimentado un beso así-.
-He notado la energía corriendo por mis venas, erizando mis poros, intentando escapar por la punta de mis dedos-. Continúa Uncu con una sonrisa mientras acaricia su pelo.
A partir de ese momento se forma un vínculo entre ellos que hace que hablen durante horas sin poder apartar la vista el uno del otro.
El sol se acerca al horizonte y pinta de naranjas, amarillos y rojos el paisaje que se vislumbra desde el alto emplazamiento. La luz empieza a escasear y se alejan en dirección a la aldea.
Cuando llegan a la puerta de la casa de Esved Uncu quiere volver a besarla, pero ella hace el gesto de apartarse.
-Es mejor que no, empiezas a gustarme mucho y te tienes que marchar en un par de días. No quiero que suframos, tú no, eres demasiado especial para caer en mi maldición-. Dice Esved ladeando la cabeza mientras su cara transmite frustración.
-¿Que maldición es esa?- pregunta él.
-Nunca podré enamorarme-. Responde Esved.
Uncu quiere decirle algo, pero no se atreve. Esved nota que algo se quedo en los labios de él y no pudo llegar a sus oídos.
El cielo es azul marino, con millones de estrellas iluminando como se aleja Uncu por el sendero que lleva a la posada. Un perro ladra a lo lejos, un bebé llora pidiendo alimento a su primeriza madre, Esved se mete en casa donde su abuela le tiene preparado un caldo que humea camino de la mesa.
Es miércoles, día de circo en la aldea. Gentes de todos los alrededores se acercan para ver el espectáculo y, de paso vender sus productos en un día tan concurrido. Es el último día de Uncu en la aldea y Esved que lo sabe lo busca entre todos los payasos, fonambulistas, malabaristas, magos y demás que montan show en sus tarimas. Pasa por la taberna, donde estuvieron el día que se conocieron, por la Casa de Culto, donde sintieron ese escalofrío la segunda vez que se vieron al ver el manto, por su claro secreto, donde ocurrió la magia de su primer beso. Pero en ningún sitio lo encuentra. Al llegar a la puerta de su casa cae su ánimo y abre. Dentro está su abuela tomando una infusión y hablando con Uncu.
-Que joven más simpático Esved, no deberías dejarlo escapar, se le ve muy buena persona y habla sin parar de ti, debes haberle causado muy buena impresión-. Dice su abuela. –Os dejo solos que supongo que tendréis que hablar-. Continua.
Esved se sonroja pero no puede evitar ir a abrazar a Uncu, que la recibe con los brazos abiertos.
-No he parado de pensar en ti-. Dice Esved. -En ese beso, en eso que sentí, en como nos elevamos del cuerpo y el mundo quedo en suspenso-.
-Yo tampoco pude quitarte de mi mente, me acompañaste cada segundo, cada momento. Hay algo que tengo que contarte. No he sido del todo sincero contigo-. Le dice Uncu al oído.
-¿A qué te refieres? Yo lo sentí muy fuerte y pensaba que tú también-. Replica Esved.
-Vamos a un sitio y te lo explicaré-. Termina Uncu.
Uncu la lleva de la mano a través de caminos por el bosque, gira sin sentido, cruza entre matorrales. Esved no tiene ni idea de adonde se dirigen.
Es de noche, pero las dos lunas que hay en el cielo son luciérnagas que marcan un claro. Al llegar Esved abre la boca sorprendida, no podía imaginar que un lugar así pudiera existir, y tan cerca de la aldea, a tan solo una hora. Escondido entre gigantes árboles de negro tronco y hojas en forma de trébol del tamaño de una cabeza asomaba un claro de una tupida alfombra de hierba. A la izquierda, un pequeño árbol del que pendían naranjas frutos recibía la luz directa por entre las ramas de los árboles. Al fondo a la derecha salía del suelo una gigantesca roca de la que manaba abundante agua alimentando un embalse natural donde croaban las ranas encima de verdes y rosas nenúfares.
-Este es mi sitio, aquí es donde vengo a recargarme de luz, color, energía-. Le cuenta Uncu mirando el paisaje. -La única vez que he podido experimentar algo parecido ha sido al besarte ese día. Es como si en combinación, tú y yo, pudiésemos conseguir cosas increíbles- Continuó mientras se volvía hacia ella .
-Uncu, has escuchado mi historia. Sabes por qué no puedo amar. No puedo confiar en ningún hombre, tengo una herida abierta desde hace mucho que me duele cada vez que he intentado algo con alguien. Es una maldición-. Dice Esved apretando los puños con rabia.
-He sentido cosas contigo que nunca sentí con nadie y sé que tú también las sentiste. Mis ojos no me engañan, lo vi en tu alma, lo vi en tu interior, lo vi en tu mirada-. Continuó Uncu acercándose a ella.
-Es cierto, sentí cosas que nunca había experimentado. Pero lo nuestro es imposible, no soy capaz de amar, y tú mereces ser amado-. Contestó Esved mientras bajaba el rostro.
-Yo te ayudaré a sanar, percibo tu fuerza, eres alguien muy especial, igual que yo, no puedo ocultártelo por más tiempo-. Dijo Uncu terminando de acercarse y cogiendo sus manos.
-No te entiendo-. Dijo Esved perdiéndose de nuevo en esa mirada que la transportaba a otro mundo.
-Esved, no soy Humano-. Dijo Uncu mientras los ojos se le tornaban más negros, sus manos se hacían más pesadas, su cuello se alargaba, su cuerpo se henchía y un pelo blanco, duro, crecía por doquier.
Extrañamente Esved no se asustó por la transformación. Al contrario, admiró la belleza de aquel Unicornio, de aquel ser unos días hombre, ahora animal.
-Por esto me tenía que ir hoy de la aldea, la gente no puede ver quien soy en realidad y con las dos lunas en conjunción me transformo, sería peligroso para mí. Por esto no puedo vivir en un solo lugar, no quiero acabar como esas aves mágicas que exiben en jaulas. Por esto soy quien soy. Porque los Unicornios son de contar cuentos, de realizar deseos, de hacer reir a la gente, pero siendo libres. Nuestra alma se alimenta de risas infantiles, de sueños, de ilusiones-. Se sinceró Uncu. –Percibo que tú no tienes idea de quién eres en realidad, llevo mucho tiempo buscándote, eres la portadora del beso. Eres Celeste, la diosa Azul, hija de un Dios y un humano-. Terminó de decir Uncu.
Esved intentaba asimilar lo que sus oídos escuchaban, pero no podía creérselo, aunque esas palabras adquirían cierto sentido en su mente.
-Ayúdame, hace mucho que vivo una vida que no siento mia. Llegué a creer que me volvía loca por pensar esas cosas-. Decía Esved mientras una lágrima se deslizaba entre sus párpados.
-Escúchame. No intentes buscar respuestas. Lo difícil no es eso. Lo difícil es encontrar la pregunta precisa, la respuesta la sabrás al instante-. Le decía Uncu mientras Esved se secaba las lágrimas.
-¿Que son esas frutas? No las había visto nunca, pero por alguna razón me son familiares-. Dijo Esved caminando hacía el pequeño árbol.
-Es una fruta muy especial. La persona que la toma puede ver su yo interior. Muchos se vuelven locos al ver lo que son en realidad. Tú la has probado en otras vidas, junto con alguno de mis antepasados. Es la historia que se repite. Es la lucha de fuerzas entre luz y oscuridad. Historias diferentes, mismos personajes-. Dijo Uncu mientras se colocaba junto a ella.
Le hizo un gesto con el hocico en dirección al árbol. Esved se acercó al árbol, acercó un fruto a su nariz y aspiró el aroma de aquella fruta. Su cuerpo experimentó una sensación muy extraña. Era como si el aire que entraba en sus pulmones dibujara caminos por sus pulmones, para después repartirse por todo su cuerpo, era como si pudiera sentir el color de ese aire. Era un aire azul, como si estuviera aspirando directamente del cielo y el mismo color celeste estuviera recorriendo sus venas.
Uncu observaba la escena. Hacía décadas que viajaba por todo el mundo buscando a Celeste. Sus antepasados le habían preparado por si era él el elegido, el que la guiaría a despertar de su letargo. La profecía que le transmitieron decía que el Unicornio que la encontrara se enamoraría de ella. Ahora se despertaban preguntas en su mente, se enamoraría la diosa de él también. Sentía que su corazón latía por esa mujer y ahora deseaba algo más que cumplir su cometido. Deseaba estar con Celeste, esa Diosa que le hacía volar con un beso.
Esved arrancó la fruta y la mordió. Su sabor era muy dulce, casi azúcar que se hacía agua en su boca. Su paladar se calentó como si el líquido cambiara de temperatura y el sabor se tornó amargo como el café. Al bajar por su garganta le dejó un frescor que recorría cada centímetro de su cuello en dirección al pecho, bajó por su estomago y estalló en mil sensaciones que recorrieron del centro hacia fuera todo su cuerpo. Entonces cayó sobre Uncu, se aferró a su cuello para no caer y perdió el conocimiento mientras el unicornio se agachaba para acomodarla sobre su lomo a la vez que se tumbaban sobre la fresca hierba.
Esved notó que se elevaba. Vió el árbol desde arriba, el estanque con el unicornio tumbado al lado, vio su propio cuerpo recostado sobre el lomo del unicornio. En ese momento sintió un calor que emanaba de su ombligo e invadía su cuerpo. Miró a Uncu, lo miró con dulzura, como la observaba, la luz que desprendían sus ojos cuando la miraba, como la acariciaba con el hocico, suave, casi como un susurro. Y comprendió que las emociones que despertaba en ella ese ser no las había experimentado nunca con nadie. Su mente divagó un segundo, le había venido a la cabeza su infancia. Inmediatamente se vio en el interior de la cueva donde creció. Su padre y su madre reían mientras ella con 6 años los miraba desde el fondo de la habitación con la boca abierta. Un segundo después estaba en otra cueva, su padre se transformaba en Darecol y empezaba a devorar una joven, el tiempo corría sin sentido, como si pudiera ver todo un día en un minuto. Darecol seguía un rito después de probar la sangre para poder volver junto a su familia sin ser un peligro. Después volvía a su forma humana y se reunía felizmente con ella. Esved escuchó una voz q le llamó desde su espalda. Ya no estaba en la cueva. Estaba en una capilla. Era la capilla de la Casa de Culto. Guromar está leyendo unos versículos en Horsgodiano antiguo, una lengua muerta. Para de leer y mira alrededor, como si pudiera sentir la presencia de alguien. Esved le mira el rostro desde lo alto de la bóveda, él lo levanta y sus miradas se cruzan. Entonces Guromar le dice –Celeste, busca el origen-. Esved se arquea y siente que va a explotar, que una luz la atraviesa y quiere salir disparada por sus extremidades.
-Celeste…, celeste…- sonaba suave la voz de Uncu.
-Uncu, tuve un sueño-. Dijo Esved volviendo en si.
-Ya está Celeste, ya pasó, me asustaste. Te arqueaste y resplandeciste azul como si estallara una estrella. Tu respiración se cortó. Después… Transformación. Ya no serás más Esved, ya eres Celeste. Ya brillas con luz propia-. Dijo Uncu con una sonrisa en los labios.
Celeste se miró los brazos, parecía que el azul del cielo saliera por sus poros y atravesara sus ropas.
Solo se atrevió a decir –ya sé la pregunta-.
Uncu escuchó la experiencia de Celeste, atento a como decía cada palabra, como movía los labios, a esos ojos que lo cautivaban.
-Entonces me miró a la cara- estaba terminando de contar Celeste –y me dijo: busca el origen. Lo vi. Vi el origen. El origen de porque no puedo enamorarme, de porque no confío en los hombres. La pregunta es: ¿Cómo comenzó mi desconfianza?. La respuesta es sencilla, fue porque elegí odiar a mi padre, y decidí que los hombres te pueden engañar, te pueden hacer mucho daño. Lo que no me había dado cuenta hasta hoy era que mi padre realmente nos quería, pero su naturaleza no la podía controlar y jugó un papel muy importante en su contra. Tengo que perdonar a mi padre, solo así podré liberarme de la maldición-. Concluyó Celeste.
Celeste montó a lomos de Uncu y le pareció que sus energías se fundían mientras trotaban en dirección a la cueva de su padre. Se sentía liberada, feliz, segura. Se sentía más llena de lo que se había sentido nunca, con Uncu sentía que podía ser ella misma y no guardar nada en su interior.
Llegaron a la cueva. Todavía era de noche, el cielo se cubrió de nubes y el aire cambió de dirección. Uncu se paró justo en la entrada. Uncu preguntó si quería que la acompañara y ella respondió que sí, que a su lado se sentía segura, que no le podía pasar nada. Entró a lomos de Uncu y la cueva no era la misma que ella recordaba. Era alta, sin habitaciones, solo roca. Como si su pasado hubiera sido solo un espejismo.
Celeste llamó a su padre, el ser oscuro, Darecol. Este atendió la llamada al instante y se presentó entre las sombras con su escamado cuerpo.
-Que has venido a hacer aquí, te podría devorar- dijo Darecol con la voz grave.
-No lo vas a hacer, porque necesitas escuchar lo que te tengo que decir-. Dijo Celeste segura de si misma.
-¿Qué es eso que me tienes que decir?- inquirió Darecol.
-Padre, después de mucho tiempo odiándote por lo que le hiciste a tu mujer, mi madre, me he dado cuenta que tengo que perdonarte. Porque tú no tienes la culpa de ser quien eres, no se puede controlar lo que se és, eres un ser oscuro, sí, pero nos amaste y nos hiciste felices muchos años-. Decía Celeste mientras su luz se fue haciendo más intensa. –Padre, ya puedes descansar tranquilo, te perdono, te quiero-. Dijo Celeste elevando los brazos al cielo mientras a su padre se le derramaban lágrimas por el rostro.
Una luz salió de sus manos y fue a buscar el techo de la cueva, iluminando cada rincón, cada escama de Darecol.
Un segundo después Darecol volvía a tener forma humana, Celeste bajaba de Uncu y se fundía con él en un abrazo. Ambos sintieron una inmensa paz interior que dibujo una sonrisa en sus rostros.
-Ya puedo descansar hija mía. Llevaba siglos sin encontrar esa paz interior que me dejara conciliar el sueño. Me reuniré con mis ancestros en las profundidades de la tierra y no volveré, mi sed de sangre se extinguió, mis días aquí también dieron a su fin-. Dijo Darecol terminando de soltar las manos de su hija.
-Adios padre- se despidió Celeste.
Darecol fue difuminándose entre las sombras y su presencia allí fue como un leve eco.
Celeste y Uncu salieron de la cueva mientras en el exterior la noche tocaba a su fin. Con el primer rayo de sol Uncu recuperó su forma humana. Lo primero que hizo fue abrazar a Celeste.
-Celeste… yo- comenzaba a decir Uncu.
-Calla y bésame- le dijo Celeste en un susurro .

Unicornio Ibicenco

1 comentario:

  1. Gracias por este cuento. He visualizado todo el relato, como una buena obra de teatro que no puedes levantarte del asiento hasta ver el final. Sigue escribiendo Unicornio ibicenco para que nosotros podamos soñar.

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